Prólogos

Prólogo a Bentahor

Reyes García, Ignacio. 2018. «Prólogo», en Isaac M. Oropez Candelaria, Bentahor, Las Palmas de Gran Canaria: CanariaseBook.

BENTAHOR

¿Y qué sentido tiene ahora componer una historia en una lengua que se nos ha vuelto ajena? Un empeño quizá excesivo, donde no faltará la lenidad que clame contra una audacia tachada por supuesto de provocación disonante y estéril. ¡Pero cómo desandar el dolor de esta nostalgia atávica sin explorar las negaciones que nos tasan! Muere el pueblo que no se sabe en sus raíces, que se vierte en la conveniencia de otros. Con esta creatura escénica, el maestro y escritor atalayero Isaac Miguel Oropez Candelaria (Guía de Gran Canaria, 1948) nos invita a orillar por una vez los espejos y examinar qué fue de nosotros, sin juicios, sin soflamas, sin ansias de rumbo, sólo un pensar en las huellas cursivas de las respuestas que dimos a los azarosos avatares del propósito, pero también sin las renuncias por las que deslizara el insigne poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa (Las Palmas de Gran Canaria, 1538-1610) a su Doramas [1] literario en la Comedia del Receuimiento al obispo Rueda (1582).
 
Las tramas importan porque un autor siempre conjuga pensamientos y emociones humanas para suscitar la concepción de un designio que le revele aquello cuanto no se ha atrevido a comprender hasta ese momento. Lealtades y pérdidas, amores o ideales, sacrificios y distancias, voluntades o destinos… Sin embargo, cuando baja el telón, el ser madura sólo aquellos sentimientos o razones que por algún motivo conmovieron su ánimo. Y, aunque la magia se aleje porque ya ha sembrado, el relato aguardará en estas páginas a que lo absorba otra inquietud.
 
Al curso de los días, las vivencias, los anhelos, los temores que aloja el flanco más expuesto de los sueños, la palabra cotidiana se vacía de savias y se puebla de olvidos, vegeta en la umbría de unos significados que el poder resigna al dogma, la alienación y la impostura. Es la tiniebla de un estruendo calculado para embotar, confundir y, al fin, uncirnos a ese extravío que, con todo, nos reta a encontrar la llama de la causa, la intención y el espíritu en realidad tan sólo opacada.
 
De pronto, en la rutina menos pensada, la vida nos sorprendió meciendo recuerdos que ya no eran caricias ni ritmos ni manos que aliñaban la costumbre o fraguaban recursos con hebras ancestrales. De pronto, en la inercia más tardía, la memoria teje signos que se han convertido en fetiches de un aliento que fue. Porque así engaña el tiempo a la mente que se escinde del misterio que ya sólo incuba quien cierra los ojos y abre el corazón a un presente eterno.
 
La voz antigua llama a un acto sincero de compromiso con una verdad impalpable pero cálida, sutil y vibrante como un amor nuevo. Siete volcanes de exilio refugiaron la esperanza de milenarios migrantes amazighes que conocían las melodías del silencio creador, la inmortal estirpe del Sol que no ha dejado de regresar para sanar desgarros y trascender los horizontes circulares de la sangre. Acompase el lector su pulso a las palabras que le obsequian los personajes de esta obra y tal vez consiga evocarse en esa intuición que le centellea a veces más allá del prejuicio, en ese pálpito que no se comparte porque el ser humano opuso a la obscuridad de las doctrinas apenas una materialidad tan recurrente como fatua. Concédase la vanidad de cuestionar las creencias que inhaló sin preguntas, los versículos, reyes y ríos que nunca le impulsaron a transitar el universo con decisiones propias, la torticera letanía de temores y carencias que le requieren disuelto en una vacuidad cosmopolita de ilusiones y cualidades venales.
 
A continuación de estas líneas, en traducción debida al apasionado quehacer lingüístico de Rumen Sosa Martín (Las Palmas de Gran Canaria, 1983), narra la épica, acaso un tanto idealizada, de un pueblo visto por momentos con algunas de las deformidades que la historiografía colonial casi nos ha cincelado en el subconsciente. El honor y la dignidad del buen salvaje que defiende su libertad pero se asusta de un eclipse brinda seguro una buena descripción de los tópicos que todavía hemos de enjugar, aunque con igual nitidez ilustra dónde deposita sus mejores valores esta canariedad despojada de una parte substantiva de sí misma.
 
Durante dos mil años renacimos en estos peñascos atlánticos sin tutelas aviesas ni arteros subsidios de nadie. Habitamos sombras y deleites con la paciente temeridad de quien no ignora que disfruta una segunda oportunidad para escrutar el enigma de los días, con la mirada cabal de quien se basta para cultivar la semilla de sus desafíos, con la vocación orgullosa de quien no se concibe periferia de ningún amo.
 
Para salvaguarda de su integridad, recorra sin medida interrogantes y ficciones hasta cruzar las aguas que le separan de la consciencia a la que pertenece para el mundo, esa sencilla y fecunda identidad que todavía resiste cuando ilumina una añoranza furtiva mientras se reconoce en el Sol de los Muertos…
Tammədurt təgâ aber, egas taghrəst tăḥâ takkolen.
La vida hace el camino, pero el destino está en los pasos.

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[1] Del amaziq insular *durar-ammas > dorammas, m. pl. lit. ‘montañas en medio’, fig. ‘anchas narices’.
[DHEAI, s. v. Doramas].

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