Es la lógica del poder, no hay que darle más vueltas. Ver jerarquías en la diferencia sólo fue el comienzo. Muy pronto, el conocimiento se convirtió en la religión de la violencia. Y, de ahí en adelante, se nos han ido los siglos en fingir argumentos y expectativas.
Así las cosas, con tanto celador siempre tan ocupado en fijar márgenes para lo procedente y lo inviable, dónde hallar otra arista mejor para transitar la verdad que la literatura, la creación en general si se prefiere. Alcanza, por ejemplo, para contar sin mayor problema que la muerte no existe, que únicamente vuelves a casa y continúas con tu vida, porque las mentes (¿o era gente?) de orden, con elegante y displicente escepticismo, pueden fondear esa inquietud en la gaveta del realismo mágico o arrojarla sin más al páramo de las creencias insolubles.
Un lujo, esto de andar por el mundo sin razones tasadas se empieza a parecer bastante a un desafío nutriente.
[2016]