Cuando escuchó cómo se consumía la última gota de agua de su cuerpo, hacía rato que había dejado de pensar. Existía en un estado de espera sin prisa, como la semilla que aguarda la lluvia para brotar de la tierra. Se había convertido en paciencia. Su vida latente sabía que su pueblo estaría preparado cuando llegara el momento. No había, pues, lugar para la inquietud.