Microrrelatos

Azul

Esa tarde paseaba entre los árboles del bosque que crecía detrás de su palacete. Era verano y a esa hora corría una ligera brisa que enredaba su pelo y lo hacía volar. Caminaba a gusto y tranquila, sin imaginar cuán importante sería ese día en su vida. Vestía su sarong preferido, con naranjas fuego y marrones tierra moteados de pequeños diamantes, que conseguían hacerla parecer envuelta en un haz de luz. Se sentía radiante como el sol que se filtraba entre las hojas de las acacias, creando filigranas en el suelo.

Concentrada en disfrutar la bendición de oler el perfume a tierra mojada y sentir el frescor de la brisa en sus brazos, solo vio al hombre cuando estaba muy cerca. De mediana estatura y aspecto normal, tuvo que esforzarse para comprenderlo, pues todo su ser se resistía a dejar la plenitud que estaba sintiendo.

Le miró a la cara y reparó en un pequeño tatuaje que tenía dibujado en el lóbulo de su oreja derecha. Una tormenta se desató en su pecho al reconocer la pequeña tarha. Su corazón amenazaba estallar, hendido por la trascendencia del encuentro. Sus sentidos, alerta, dieron al extraño una nueva dimensión. Este, al observar su estupor, pareció adquirir mayor gravedad. En su mirada clara brilló una fiereza que la impactó y que apenas duró un suspiro, al ser sustituida por pura ternura.

Estuvieron un tiempo infinito así, perdidos uno en la mirada del otro. Ella tenía su vida programada, matrimonio concertado, viaje lejos con su marido, casa nueva. Él le ofrecía libertad y conocimiento, pero también riesgo, inseguridad y sacrificio. A su alrededor y aislándolos de la fantasía cotidiana, una sutil energía azul los cobijaba. Él puso todo su empeño en mostrarle lo que amaba de corazón, con la certeza de que ella lo amaría aún más. Pero en ella primó el sólido bastón de lo conocido y quizás, quién sabe, el anhelo de los pequeños corazones del futuro. El hombre no pudo menos que captarlo inmediatamente y, con la misma entereza y respeto, aceptarlo. Seguiría incompleto, por lo menos en esa vida. A ella, el velo de la encarnación le había robado discernir que nunca hubo riesgo, salvo de encontrarse. Tampoco inseguridad, ya que no hay nada más seguro que la vida sostenida por la verdad y, del sacrificio, se hubiera quedado con la parte sagrada. Sin embargo, eligió, y él siguió su camino con las alas del corazón rotas, habiendo duplicado el caudal de amor que sentía por ella.

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