Ahora o nunca. Jamás pensé que fuera tan difícil. Desde que tomara la decisión, hace ya bastante tiempo, he imaginado muchas veces este día. Sabía del dolor, pero me sorprende su intensidad.
Ahora o nunca. Ha llegado el momento de la verdad y mis manos aprietan fuerte los remos de la barca. Veo los nudillos blancos destacando sobre la oscura madera, en este día limpio y claro, cuya luz no llega a penetrar la tormenta que arrecia detrás de mis ojos oscuros y rasgados. Soy fuerte, lo sé, pero el puñal en la conciencia paraliza, o quizás el miedo a saberme responsable del destino.
Mi familia me da «por sentado», confían en que haga las cosas «como siempre», me necesitan. Puedo ver claramente la cara que pondrá mi padre cuando, al fin, acepte que me he ido. Sólo imaginarlo estruja mi corazón, del que brota incansable la duda.
En los ojos de mi madre se apagará la luz del orgullo, pero no la del amor, y eso será lo peor. Confío en no tener que asomarme a esas ventanas que añoraré con fiereza.
Sin embargo, es mi hermanita quién despliega las cadenas más recias (¡quién lo iba a decir!). Pensar en no volver a oír su risa clara o dejar de asistir al espectáculo de verla descubrir el mundo, me estremece profundamente y consigue que vuelva sobre mis pasos.
¿De dónde vienen estas ganas de «volar»? ¿No podría ser como los demás pescadores?
Al río, siempre lo viví pequeño. Un infinito de aventuras poblaba mi mente destilando anhelo que, a modo de hilo sutil, serpenteó por mi cuerpo hacia la playa del corazón, cuyo mar hoy rebosa tormentas que amenazan con ahogarme.
Ahora o nunca. Conmovido, advierto que nunca tuve alternativa ni, realmente, elección. Todo se vuelve blando. La barca y yo simplemente nos dejamos ir, ahora.