En la sala están, pacientes. De vez en cuando las miradas se chocan, breves como si quemaran. Cada uno con su historia, imaginando la de los demás. Pendientes de la puerta que, de vez en cuando, se abre para vomitar el número de la suerte, sin que por ello sea una suerte estar en el bombo. Por momentos, nadie habla y el silencio ocupa los huecos. Su presencia gigante amenaza acabar con el aire, hasta que la tos del fondo viene a exorcizar al monstruo, ganando entidad el alivio infantil y momentáneo.
Poco a poco las sillas quedan vacías. En la máquina de comida, las peras empaquetadas miran sombrías el mañana, menos jugosas y mansas. La historia de cada cual continúa en otra dirección, sin apenas darse cuenta que, por unas horas, todos vivieron un solo cuento.