Mientras mis manos recorren por última vez su cuerpo, mi garganta «en boca» sonidos ancestrales, y la mente explota en rojos y verdes. En el corazón siento su firmeza, su lealtad y los ojos rebosan impotencia. Nadie viene a visitar esta sutil morada de ensueño. Las telarañas cubren las ventanas y oscurecen el día. La cojo con cuidado, con reverencia, la abrazo fuerte y la dejo ir. Cuando salgo, mi vieja compañera, continente de alegrías y penas, luce pletórica, colgada en la pared de la tienda, sus cuerdas vibrando con el viento parecen cantar… hasta luego.
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