—¿Has visto lo que dice el periódico? –agité en el aire los papeles del diario para llamar la atención de Irenia–. Una mujer desaparecida cuando se dirigía al trabajo. Tres semanas y ni tan siquiera han encontrado su coche. Nada en absoluto. ¿Crees que nos descubrirán?
—No podrán, mientras no dudemos –objetó con cierto ademán que me pareció de desdén–. Sin embargo, creo que lo harán, pues no veo que tengamos el temple suficiente para aguantar el embate.
—Tuviste la determinación necesaria para llegar hasta aquí –le señalé un poco contrariado–. ¿Acaso te acobarda que hagamos esto juntos? Si lo prefieres, puedes seguir sola. Trataré de cubrir tu rastro –le propuse sin demasiado entusiasmo.
—Sabes que te necesito para llegar a la cueva –matizó sin dejar de ordenar algunos trastos en el aparador–, y es de esperar que no nos encontremos las puertas abiertas. Tu te manejas mejor con los acertijos. Hemos de darnos prisa y viajar lo antes posible. Ella estará bien, no te preocupes.
—Luna nueva –anuncié con disimulada inquietud–. Tendrá que ser esta noche. Todavía no comprendo cómo alcanzó esta… órbita y se adaptó a vivir entre nosotros sin levantar la menor desconfianza de nadie –dudé a media voz–. Por no hablar de lo extraño que resulta verte con ella. En cualquier caso, hemos de confirmar que ha muerto para su tiempo. Luego, ya buscaremos explicación para su estancia en tu misma frecuencia.
La entrada de la cueva fulgía en la verdad, de tal manera que sólo una identidad sin anhelos podía atravesar el umbral y consultar la Piedra. «¿Qué semilla protege el fuego?», sentí que inquiría la luz. «El silencio», respondí también con la voz del corazón real, aquel idioma eterno que germinó la creación.
Irenia, sin embargo, creía percibir en el aire un olor a inacabado. Su desconfianza le urgía cierta resistencia a lo que presentía como una contestación inconclusa. Le parecía oír: «No sólo el silencio, no cualquier silencio». Aunque no alcanzaba a comprender qué podía significar esa acotación enigmática que cada vez más se le antojaba adherida al frío. «¿Cuántos silencios hay?», se cuestionó perpleja. Intentó calmar el ánimo y desechar antiguos hábitos, pero nada parecía darle resultado. Sendereó los recovecos de su alma y, por fin, encontró un espacio sin tiempo que «me convirtió en respuesta», inspiró más aliviada. Aquel reposo interior bastó para confiarnos la entrada. Habíamos alcanzado un repliegue ajeno a la voluntad. Apretó sus manos en los bolsillos del abrigo como si quisiera estrujar aquella última incertidumbre y caminó con la promesa de no mortificarse.
—No te acerques al pozo –detuve sus pasos con un gesto–. Si ella no murió en su tiempo, el agua te arrastrará para que ocupes su lugar.
Casi no me fue necesario entonar la invocación. Una hermosa luz nacarada prendió la superficie todavía serena de aquel umbral acuoso. Introduje mis manos con una caricia y agradecí la acogida. Pero me sorprendió escuchar la voz del vacío… reclamando a Irenia.
—¿Cómo se te ocurrió pensar que no me negaría? –le opuse con menos severidad que pesadumbre–. Le robaste su vida. Debes regresar. ¿Qué quieres en realidad que consulte en la Piedra?
—¿Yo? ¿Cómo? No entiendo nada –trató de ocultar el temblor de los labios–. Se supone que la acción vino del Otro Lado. ¿Debo regresar? Apenas podía moverse, ¿crees que está en peligro?
—Sin atravesar la densidad –repuse–, sin experimentar la pérdida de aquellas certidumbres efímeras, sin morir allá, sabes que no puedes consumar aquí las distancias con… el sueño… con la eternidad…
—Quizá me movió la inconsciencia –quiso disculparse–, estaba deslumbrada. Aunque siempre procedí con la mejor intención. Las consecuencias escapaban a mi entendimiento, ¿pero no es así la mayoría de las veces? Si aguardáramos a estar seguros, todavía andaríamos a gatas… ¡No, qué digo! He de asumir que actué desconectada de la «corriente de vida», y eso es tanto como pretender que un ciego salve una autopista sólo con indicaciones luminosas. La pregunta…
—Debería echarte yo mismo al pozo y devolver cada deseo a su curso –me vi inclinado a concluir–, pero le procuraré voz a la Piedra, aunque ya nunca te será dado olvidar sus palabras.
—Dime, Oráculo, ¿qué he de saber para remediar el error? –indagó con una hilacha de esperanza.
—No hay error en el Universo –sentenció la Voz.
—¿Cómo dices eso? –articuló con ahogo–. Mi actuación ha perjudicado a otra persona.
—Las consecuencias las sufres tú, y también decides si éstas son beneficiosas o perjudiciales –recondujo su objeción sin responderla.
—Si me duele una muela, eso es malo, y no por decisión mía –esquivó Irenia con un resto de audacia.
—Te resignas a la polaridad –derramó su gracia el secreto celeste–, cuando cada encrucijada presenta una oportunidad para cruzar la inmensidad espiral del círculo que trazas desde ese escepticismo tan yermo. Requiere un aliento fuera del instinto. De nuevo, porque sólo así tú y ella han vadeado el tiempo. «La brizna de hierba suspendida en el aire se deja llevar, no tiene objetivo mayor que deslizarse. Aparentemente, el aire la lleva donde quiere. Quien se eleva sólo ve la danza eterna de la vida». Has de ser brizna, aire,… danza.